La hamburguesa es uno de esos platos icónicos y con un significado social. Surgió a finales del siglo XIX como consecuencia de la industrialización, las largas jornadas laborales y la reducción del tiempo para comer. Se asocia a la gastronomía estadounidense pero hoy está presente en todo el mundo.

Si bien se trata de un alimento famoso por no ser muy sano y tener un elevado aporte calórico (más que por sus ingredientes principales, carne de vacuno y hamburguesa, por todo lo que le acompaña a éstos) en los últimos años se ha reivindicado su figura como plato gourmet. De las grasientas hamburguesas de bares y carretera y cadenas de comida rápida se ha pasado a recetas elaboradas con más cuidado y creatividad.
Queso cheddar, cebolla caramelizada, bacon crujiente, huevos fritos, aguacate, rúcula…la imaginación es el límite a la hora de crear las versiones gourmet. Se recomienda eso sí no abusar del kétchup y si se utiliza optar por uno de buena calidad o realizar una salsa casera.

Hoy en día los restaurantes de más alto nivel presumen de tener hamburguesas en su carta pero también puedes hacer la tuya en casa siguiendo unos simples consejos.
La carne es el ingrediente más importante, por eso olvídate de comprar esas hamburguesas que vienen ya hechas y pide tu propio trozo en la carnicería, puedes mezclar ternera con cerdo o cordero. A la hora de condimentarla se puede elegir entre ajo, pimentón, cebolla en polvo, cominos… tiene cabida casi todo tipo de especias.

Para compactar la carne se puede optar por añadirle un poco de pan rallado y huevo aunque esto es opcional. Sobre el pan debemos descartar el típico ‘burguer bun’ o bollo típico blando y es mejor apostar por uno de panadería estilo panini o baguette.

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